La empatía va más allá de un par de zapatos

Empatía. La psicología la define como capacidad de trasponer el propio yo y sus estados (sentimientos, aspiraciones) a los objetos del medio ambiente para poder ponerse en su situación o comprenderlos mejor; el mundo la resume en una simple frase: “ponerse en los zapatos del otro”.

Con esa oración podemos hacer miles de analogías: si los zapatos nos quedan pequeños, estamos llenos de preocupaciones; si sentimos que nos quedan muy grandes, tenemos baja autoestima; zapatos apretados son iguales a estrés…

En fin, realmente creemos que la empatía es una frase de seis palabras y ya. Pero, va más allá de saber si la otra persona tiene zapatos de marca o por el contrario, están viejos y rotos. Es decir, no se limita al simple hecho de conocer qué tanto sufre o qué le afecta del entorno.

La empatía significa saber responder ante las emociones y sentimientos de la otra persona; es entender y estar dispuesto a brindarle nuestra ayuda.

No es convertirse en terapeuta u olvidarse por completo de nuestras propias necesidades y dedicar nuestra vida a resolver los problemas de los demás. No, nada de eso. La empatía es escuchar por un día al mundo y ver qué oculta bajo su sombra. 

Hay tantas situaciones de la vida que nos pueden afectar y hacernos creer que somos los únicos que tenemos un mal día. Nos volvemos egoístas y comenzamos a abordar a los demás con nuestros problemas sin pensar si tu amigo, familiar o compañero de trabajo necesita ser escuchado.

Basta con llegar un día a la oficina, a la universidad o montarse en el Metro y oír. No hablar, sólo observar y escuchar  y fijarse en el rostro o en el comportamiento de otra persona. Hay que tratar de detectar algún tipo de preocupación e imaginar que son nuestras.


Ejercicio: Ser otra persona por un día.

Intentar pensar como ella, buscarle alguna explicación o razón a su molestia y comprenderla. Debemos hacer un esfuerzo por sentir como ella. Si lo logramos, debemos responder: ¿de qué forma me gustaría que me ayudaran? ¿Cómo quisiera ser tratado? Y así sabremos de qué manera podemos apoyarlo.

Tal vez nos ayude cambiar la manera en la que tratamos a los demás y  sensibilizarnos con el entorno. Ser comprensivos y conscientes de que una sonrisa o una expresión de rabia pueden esconder un sinfín de preocupaciones, lágrimas, dolor y pérdidas.

No siempre se puede culpar a una persona por la manera en que reacciona ante la vida porque no todos tienen la capacidad de controlar sus emociones. Pero, nosotros podemos intentarlo.

Podemos justificar que un trabajador no te conteste el saludo o que el jefe llegó gritando a la oficina con el  fin de no adoptar esa actitud en nuestras vidas.  Es decir, cambiar a partir de la observación, saber qué es lo correcto y darle una mano a esa persona –si la acepta.

Quizás con un “no hay problema, todo está bien” le estás alegrando el día a una persona; o con un “¿te sientes bien?” le estás demostrando de que sí le importa a alguien más.

Puede que al principio te cueste, pero vale la pena intentarlo.

Sé empático y el mundo te sonreirá más.