La inteligencia emocional en nuestras vidas

¿Huir o luchar? ¿Gritar o callar? ¿Llorar o reír? ¿Controlar la situación o ser controlado por ella?  Cuando un problema –o cualquier situación llena de estrés– llega, no hay tiempo para pensar. El cuerpo te pide actuar aunque hay una parte de ti que te obliga a detenerte y razonar. Siempre reaccionas e inconscientemente eliges. Pero hay veces que nuestras decisiones sí son conscientes y que los momentos de tensión no pueden más que nosotros. Eso es inteligencia. Pero no cualquier tipo de inteligencia: inteligencia emocional.

Sumamente inteligentes

La inteligencia no se trata de sacar buenas notas en la universidad. Tampoco conocer sobre todos los temas que puedan existir en el mundo y poseer toda la información al respecto. La inteligencia va más allá y a la vez puede resultar muy sencillo definirla.

Destreza  o habilidad para adaptarse  a situaciones  nuevas o encontrar soluciones a los problemas.

Si manejamos el concepto de “encontrar soluciones a los problemas”, entenderemos por qué hay tantos tipos de inteligencia: los problemas pueden ser de todo tipo.

En el caso de conflictos emocionales que realmente no tienen que ser denominados como problemas sino como situaciones o escenas de la vida que nos generan estrés, angustia o miedo. Lidiar con ellos requiere de práctica y concentración. No es tan fácil, pero es ahí donde se encuentra lo fascinante de la inteligencia emocional.

Inteligencia en las amígdalas

Muchas personas ignoran que poseen dos amígdalas ubicadas en el tronco cerebral y que ellas son las encargadas de hacernos “perder la cabeza y desatar un torbellino de emociones” puesto que, en las amígdalas yace nuestra memoria emocional y se encuentra el instinto que surge en un momento de presión.

Todos poseemos esas amígdalas, por eso es normal sentir pánico, miedo o terror.

Lo que puede hacernos diferentes a alguien más es la capacidad para no ser dominado por la situación y tratar de pensar. Pensar, no tanto en lo que vas a hacer sino en lo que no deberías hacer. O, por lo menos, tratar de no tener una reacción violenta que pueda terminar en terribles consecuencias.

El control

Ese “control” no es predecir cada situación, no llorar o andar sin emociones por la vida. No es un control total, es un intento de dominio que podemos ejercer para no derrumbarnos cuando un problema llegue. Es poder tranquilizarnos a nosotros mismo o saber ayudar a los demás.

Cuesta entender cómo una persona podría no gritar en la calle si ve que alguien ha tenido un final trágico. O no deprimirse si se muere un ser querido. Es normal llorar, es normal asustarse, pero no hay que dejar la vida de lado.

Todavía nos queda mucho por hacer y enfrentarnos al presente. Mantenernos preparados para el futuro. Evaluar la situación puede ser cosa de horas o minutos –la adrenalina también ayuda.

Inteligencia es saber que siempre hay solución y por más que la caída duela, siempre podremos levantarnos otra vez.


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