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Duna Manent, una española en Venezuela

Esta es la historia, desde mis ojos, de Duna Manent, una catalana de 23 años de edad que vino a mi cuidad a cambiar vidas. Llegó a Venezuela el 5 de enero del 2017, para ese entonces yo tenía algo menos de 2 meses en AIESEC pero muchísimas ideas en la mente y expectativas al máximo, eso sin contar que no era la única que estaba en la misma posición.

Los días previos a que llegara Duna ya podías ver lo invertidos que estaban todos los que la recibiríamos. Recuerdo cómo días antes Albani Jaimes, quien, para ponérselo más fácil al que lee, era la encargada número 1 de que la experiencia de Duna fuese inolvidable, me escribió para vernos y terminar de pulir los últimos detalles de su estadía.

La española” como naturalmente la habíamos apodado antes de que llegara, se quedaría en mi casa en el oeste de Caracas las primeras 3 noches y luego pasaría a mudarse al este de la ciudad en donde estaría el resto de las 6 semanas que incluía el proyecto para el que había venido a Venezuela. La idea de que Albani y yo nos viéramos ese día, incluía hablar sobre el proyecto, que en su caso era “Trazando Metas” y se trataba de discutir con niños sobre los Objetivos del Desarrollo Sostenible de la ONU, mediante dinámicas que ellos pudieran disfrutar y entender. Además, también aprovecharíamos el día para hacer el recorrido que Duna haría: desde donde viviría hasta el lugar donde la recogerían, para llevarla al barrio La Bombilla en Petare donde está ubicada la Fundación María Luisa Casar y los niños con quien ella trabajaría.

Honestamente saber que alguien vendría a mi país a hablar con niños, el futuro en miniatura, sobre temas como acabar la hambruna o la pobreza para el 2030, me emocionaba más de lo que soy capaz de escribir. Siempre he pensado que una sola persona no es capaz de cambiar el mundo, de acabar con todas las guerras y destruir todo lo que podamos considerar malo de la actualidad, pero sí veo la posibilidad de muchísimas personas como Duna regadas por el mundo contagiando a otros con la esperanza de un mundo mejor, y estoy segura que es desde esas esperanzas que comienzan las buenas ideas.

Duna llegó ese jueves y en los pocos días que estuvo en mi casa tuvo la oportunidad de conocer a mis padres y todo lo que eso implica. Ellos son fieles amantes de Venezuela, conocen el país como las palmas de sus manos. Verlos mostrándole desde videos de la Gran Sabana el primer día con tan sólo horas de haber llegado, hasta como comerse unos tostones la última noche que estuvo en mi casa me hizo darme cuenta de un montón de cosas. Este país, como cualquier otro en el mundo, puede tener sus fallas, sus malos ratos y sus defectos, pero son esos fieles amantes del país los que realmente lo curan de todo mal y Venezuela tiene gente de sobra así.

Después de que se mudara con Vanessa Da Silva, quien sería su alojamiento y algo así como su hermana en la ciudad -me atrevería a decir-, trate de ver a Duna durante los fines de semana que me permitía mi rutina. Las veces que nos veíamos también venían varias personas que al igual que yo querían hacer de sus días aquí los más inolvidables posibles.

En el camino vi personas como Vanessa que se enfocó en mostrarle hasta el último rinconcito del Ávila, lo más bonito que tiene Caracas, y a cambio Duna le enseño muchas otras experiencias que sé que ella valorara por siempre. También puedo hablar de otros quienes siempre estuvieron alerta de que Duna no pasara ni un solo día sin salir de casa desde el primer viernes con Leonardo, los demás días con Katherine, José, Ayimi, María Fernanda, Diveana, Sofía, María Carolina y pare usted de contar, hasta el último con Jesús y Alejandra. Siendo esta última una de las que más se enfocó en mostrarle al máximo cuan divertido puede llegar a ser venezolano o latino en general y quien sé que aprendió mucho de todo el tiempo que pasó Duna aquí.

Porque de eso se trataron estas 6 semanas, de esto se trata toda la experiencia de los voluntariados en AIESEC, de aprender. Esta organización se enfoca en crear líderes y Duna vino a este país a demostrarle a un montón de niños que por más grande que este mundo sea, las diferencias jamás deberán intimidarnos. A medida que pasó el tiempo pude ver como ella fue tocando a varios con su personalidad, fue cambiando vidas, y aunque no lo vi venir, también noté como otros la tocaron y cambiaron a ella. Vi personas como Albani cambiar hasta su manera de pensar en sí misma, la confianza que todas estas semanas creó en ella es algo que jamás va a olvidar.

Que estas experiencias se repitan será, de ahora en adelante, una de mis grandes metas en esta organización. Que más personas como ella vengan a mi país y se enamoren de él, será solo el comienzo. Y que tú te inspires luego de haber leído todo esto, es sólo parte del primer paso.

Gracias Duna por todo, espero volverte a ver.

Humanidad

La humanidad es como es. No se trata de cambiarla, sino de conocerla.

– Gustave Flaubert.

Tenía ya bastante tiempo dándole vueltas a esa cita en la cabeza, sin saber cómo expresar lo que me hacía sentir, hasta hace poco que me di cuenta que el reto más que darme escalofríos, me emociona. Al punto de que no he parado de darle vueltas a las mil y una cosas que quiero hablar de esta organización.

Comienzo hablando de humanidad porque creo que es una de las cualidades que más he visto desde que entré a AIESEC y una de las cosas que más he tenido presente desde entonces. Me he topado con un montón de extraños que no han hecho más que abrirme sus brazos y enseñarme cosas que sé que valoraré por siempre, todo esto lo digo teniendo en cuenta que apenas entré en noviembre del año pasado. Personas que no paran de creer en que ser humanos es lo mejor que podemos ser y que me han demostrado que de eso se trata ser parte de AIESEC.

Este párrafo va para ti, quien lees. Quiero que entiendas, antes de leer todo lo que escriba más abajo, que desde que tengo recuerdos siempre me he visto enamorada del mundo en el que habito. Con sus altos y bajos, este siempre ha sido mi musa más preciada, escribir de él solo es mi manera de demostrarlo.

Sé que no soy la única persona que ha pasado por ese momento, en el que vas caminando por la calle pensando en tus cosas y algo que te llama la atención, te cambia el día por completo. Que vas pendiente de tus preocupaciones más inmediatas, ya sea el próximo examen que tienes de la universidad, ese mensaje que está en tu Whatsapp que todavía no sabes cómo responder o algún recuerdo que no te sacas de la cabeza, pero en un segundo todo cambia y te das cuenta de tus alrededores.

Todos los días estamos rodeados de personas, de sentimientos e ideas que quizás nunca conoceremos del todo. Así como sé que no soy la única qué ha sentido lo que nombré arriba, sé que no estoy sola cuando es justo en ese momento que te das cuenta de que tan grande es este mundo.

Hasta el momento, basado en lo que acabo de buscar en Google, somos 7.481.348.867 personas en el mundo, regados en más de 5 continentes y con al menos 7.000 idiomas. Dependiendo de cómo lo quieras ver puedes pensar que esos números son demasiado grandes, pero a mí en lo personal toda esta información me da ganas de saber más sobre lo que esto implica.

¿Puedes tan sólo pensar en la cantidad de culturas que hay en el mundo? Todas las memorias que quedan en los años, las palabras dichas y no registradas, todo lo bueno y todo lo malo. Imagínate por un segundo como sería saberlo todo, como sería estar siempre al tanto del último descubrimiento de la ciencia, de quien acaba de nacer y de quien acaba de morir, de la respuesta a cualquier mínima duda.

Estoy consciente de que son pensamientos bastante soñadores, por así decirlo. Pero si te soy sincera desde que entré a AIESEC lo veo más posible que nunca. Puede que no a la extensión de convertirnos en un planeta lleno de genios, pero si veo más humanidad en el futuro.

No se trata de cambiar al mundo, se trata de conocerlo. Se trata de dejar a un lado los prejuicios y abrirnos a cualquier nueva experiencia que nos pueda dar el mañana. Es simplemente escuchar a los demás, lo que tienen para decirnos y lo que pueden enseñarnos. Se trata de saber que las opiniones nunca serán correctas o incorrectas, que las perspectivas de otros son las mejores oportunidades de entrar a nuevos mundos. Y finalmente para mí, se trata de unirme a AIESEC descubrir que quiero ser tan humana como pueda, para dejarlos bien en alto.

El respiro que deseo encontrar en Mérida

Todos los años viajo a Mérida con mi mamá para visitar a mi abuela. Es un estado que me gusta: las montañas, el frío, la amabilidad de los merideños… Siempre me ha molestado que nunca tengo buena señal, debo admitirlo. No logro mandar mensajes ni recibir llamadas. Me siento incomunicada con el mundo exterior.

Hace tiempo que estoy un poco agobiada por este año, por la ciudad, por la gente. Es por ello que aprovecharé este viaje de otra manera: una desintoxicación tecnológica y citadina. Trataré de conectarme conmigo misma, con mis emociones, pensamientos, deseos. Trataré de fijarme las metas del próximo año, trazarme planes, organizar -aunque sea un poco-mi vida. Ubicarme, proyectarme y entenderme.

Que Mérida me ayude

Esta vez usaré la montaña como una excusa para perder la señal. He estado sumergida en las redes sociales, en las películas por internet y en tener una vida a través de una pantalla de computadora. No suelto mi teléfono ni para comer, no me separo del WiFi y creo que me estoy perdiendo a mi misma.

Es darme un respiro de tanta tecnología y sentir más la naturaleza. Aprovecharé estos pocos días para alejarme de todo y sentir el aire en mi cara. Obviamente no es un adiós demasiado largo porque debo comunicarme con mi hermana, mi papá, mis amigos. En algún momento tengo que “volver a la red” porque simplemente hay que hacerlo (universidad). Pero por ahora aprovecharé este tiempo en Mérida.

Adiós, ciudad

Debo oler las páginas de un libro viejo y oír música sin audífonos. Que sea Mérida la que me ayude a (re)encontrarme. Me imaginaré que estoy realizando un voluntariado con AIESEC pero en este momento estoy ayudando a mi yo interior. Suena muy espiritual pero todos deberíamos hacerlo aunque sea una vez.

Veamos qué tal resulta y si surge una buena experiencia para este blog.

La poesía que me ha enseñado Caracas

No soy de Caracas pero me mudé cuando comencé la universidad hace casi cuatro años. Desde ese momento me propuse recorrerla para sentirme parte de ella. Me enamoré de Caracas porque he tenido la oportunidad de perderme en ella y encontrar sus salidas. En esta ciudad me di cuenta de lo mucho que me gusta descubrir historias y ver la poesía de la vida.

Eso fue lo que le dije a un amigo que me preguntó si leía poesía. Le dije que no. No la leía, la sentía, la veía. Me gusta creer que cada vida es como un verso que rima con cada situación y va componiendo al Universo. Me gusta creer que en nuestros movimientos e ideas hay ritmo. Hay arte, nuestras vidas se pueden apreciar. Aquél que se monta en el Metro va danzando con sus penas mientras el ritmo de un vagón sucio lo ambienta. ¿Qué esconden quienes se mueven con el vaivén de una camioneta en el transporte público? ¿Qué espera realmente aquel que ve hacia el semáforo desde su carro? Esta ciudad me ha invitado a observar. Me ayuda creer que compongo música para esas historias, o por lo menos las convierto en rimas.

Caracas escrita

Parte de esas ganas de vivir una ciudad también viene de los profesores que he tenido. Maestros que me han enseñado a oler, oír, sentir el caos. Puedo dedicarles toda una entrada a cada uno de ellos pero por ahora me quedaré con Caracas y lo que encontré en mi agenda. Ya había dicho que estaba buscando mis anotaciones y tratando de cumplir con algunas tareas pendientes. De alguna manera, esa es la razón de esta entrada .

En una de las hojas de mi agenda encontré varias frases. No son mías, ni de una película o alguna canción. Son frases que oí en la calle, de camino a una fuente oficial para un reportaje que tenía que hacer.

Me gusta escuchar a las personas y “capturar su esencia” para poder escribir sus -posibles- historias. Digamos que siento que las reconstruyo a través de lo que me comparten inconscientemente. Para mí es un ejercicio de empatía, me ayuda a conectarme más con ellos, con la ciudad, con el mundo. Todos deberíamos escuchar más la poesía de nuestra ciudad, apropiarnos de ella, sentirla. Para cuidarla, para amarla y compartirla.

Frases que esperan por una historia

*¡Qué belleza tan fea la tuya!

*¿Cómo se llama tu nombre?

*Una emoción tan alegre que invade el corazón.

*Ay, hija, si supiera que yo ando tan perdida como usted.

Todavía recuerdo los rostros de todos los que dijeron esas frases y sus suspiros. Recuerdo el momento y sus intenciones, solo me ha faltado imaginar su pasado, pero esas historias están ahí. Están a la espera de un inicio y un fin, aguardan por nosotros al igual que lo hace la ciudad.

 

La vida de los vigilantes

Aunque escribí en un artículo que debemos despojarnos de los prejuicios debo admitir que caí en ellos hace poco. Y darme cuenta de que las cosas no eran como las percibía fue una de las mejores experiencias. Todo gracias a la vida de varios vigilantes.

En julio, cuando recorría con mi papá una universidad -un domingo a las 3:00p.m.- me noté algo. Estaba llena de vigilantes que veían hacia el horizonte porque no había nadie ni nada que hacer -aparentemente.

Sin pensarlo terminé exclamando un “¡qué aburrido el trabajo de los vigilantes!”. Mi papá inmediatamente contestó: “uff… demasiado”.

Desde ese momento me quedé pensando en cuáles podrían ser sus motivos para estar en un trabajo tan aburrido. Estar sentados viendo su vida pasar, siempre sumergidos en la rutina.

La motivación de los vigilantes

Abandoné el tema por un tiempo hasta que mi profesora de Periodismo le mandó a mi clase a realizar una crónica. Podía ser sobre todo porque cualquier cosa era digna de ser contada, pero a mi mente vino “lo más aburrido del mundo”: la vida de un vigilante.

Me reté a mi misma. Mi intención era tratar de escribir algo entretenido a través del aburrimiento y no sabía lo engañada que estaba.

Decidí pasar todo un día viendo el trabajo de un vigilante, para ello escogí el de un banco. Pensé que sería una especie de tortura, pero se volvió emocionante. Pronto obtuve un nombre que se convirtió en mi protagonista -y a los pocos días en un amigo.

Descubrí una perspectiva que desconocía: un trabajo lleno de cualidades. En cada respuesta que recibía por parte de mi protagonista, iba desmintiendo mis creencias. Iba formando nuevas opiniones. Aprendía a ver el mundo de otra forma.

Esto no sólo me ayudó a darme cuenta de que quien realiza su trabajo puede sentir pasión por él desmentir los mitos. También me di cuenta de que debía dejar a un lado todos esos prejuicios y estereotipos que tenía de los demás trabajos y personas.

Mis nuevos lentes

Todas las vidas pueden ser interesantes. El que a ti no te parezca entretenido está bien, porque simplemente no es tu pasión. Pero eso no quiere decir que no sea importante para alguien más. Nuestras vidas pueden ser todo un libro de suspenso para alguien más. El mundo en sí ya es una historia que quiere ser leída por diferentes personas y que con cada día esperan un nuevo capítulo. Debemos dejar de menospreciar aquello que no conocemos, a lo que no estamos acostumbrados o simplemente no nos gusta.

No es cuestión de estar todo un día con uno o varios vigilantes, es aventurarnos a lo desconocido. Se trata de cruzar la línea que nos trazamos para no explorar mundos desconocidos.

Para ser aún más poética y sentimental: el mundo está lleno de flores porque a todos no nos puede gustar la misma. He ahí lo interesante de la vida. Es momento de hacer por un día lo que hemos ignorado o no nos hemos atrevido. Es hora de acercarnos a esa persona que siempre hemos mirado feo y saber qué quiere decir.

Puede que la situación nos decepcione o nos sorprenda pero será una experiencia nueva.


Aprovecho de dejarles la crónica que escribí y puedan leer sobre la vida de Julio Romero Viloria. Ese señor que me hizo darme cuenta de lo equivocada que estaba acerca de aquello que creía.

El arma de un vigilante

 

El crayón de los prejuicios

Hace unos días vi un episodio de Los Simpsons que -además de hacerme reír- me pareció que tenía razón. En ese episodio a Homero Simpson le hicieron una radiografía y vieron que tenía un crayón en el cerebro. Así descubrieron que  esa era la razón por la cual era tan tonto. Lo que me pareció interesante fue una reflexión que hizo el propio Homero en la escuela de sus hijos. Él se levantó y le dijo a todos los niños: “He venido a ofrecer esperanza a los menos porque todos tenemos un crayón en la nariz. Tal vez no sea un crayón de cera, tal vez sea un crayón hecho de prejuicios”.

El episodio no trataba el tema de los prejuicios y aun así esa frase es tan cierta. Lo que quiso dar a entender es que los prejuicios se pueden alojar en nuestro cerebro desde que somos pequeños y cambiar por completo nuestra manera de ver la vida. Nos pueden hacer tontos, nos pueden cegar, nos pueden hacer quedar mal ante los demás. Todos podemos tener prejuicios -algunas veces no lo sabemos- pero muy pocos están dispuestos a despojarse de ellos.

Del estereotipo vienen los prejuicios

Para empezar, la Psicología Social nos dice que todos -sí, todos- tenemos estereotipos. Los estereotipos son las impresiones que tenemos de una persona y que formamos a través de nuestras creencias y las de los demás. De acuerdo a sus comportamientos y la información que poseamos sobre culturas, profesiones o grupos sociales, podemos categorizar a las personas.

Debo resaltar que en primera instancia esto no es “malo”. Nuestro cerebro lo puede hacer de manera automática como un mecanismo de ahorro de energía. Es decir, ahorramos tiempo en un proceso que involucra estudiar a la personas. Y claro, detallar sus características tanto físicas como conductuales para poder formar opiniones.

Puede parecer complicado al principio, pero confieso que es sumamente apasionante el tema. En fin, algo importante que debemos saber es que así como todos tenemos estereotipos, también podemos tener prejuicios.

Llegando al punto

Tengamos claro algo: el estereotipo parte de lo cognitivo, el prejuicio de lo afectivo. Pero hay otro detalle, el prejuicio es un estereotipo con carga negativa que se puede evidenciar en nuestro comportamiento (discriminación).

A veces dejamos que la sociedad y lo que ella cree correcto se interponga en lo que nosotros pensamos. Nos condiciona a emitir opiniones negativas de los demás. Juzgamos antes de conocer a una persona y con eso sólo nos estamos impidiendo tener nuevas experiencias.

Es posible que al final nos dejemos llevar por actitudes que realiza la persona para ocultar su verdadera forma de ser. Todos tenemos mecanismos de autodefensa y no es tan fácil identificarlos cuando nos limitamos a hablar de ellos a lo lejos.

El prejuicio es hablar sin saber. Es guiarte por lo que ves y aunque las acciones pueden hablar por sí solas, de vez en cuando hay que darle la oportunidad a las demás personas.

Con prejuicios no se disfruta un viaje, no se conocen amigos, ni tampoco disfrutamos de la vida a plenitud. Es dejar que se atore un crayón en el cerebro. No es necesario una radiografía, podemos notarlo de acuerdo a la manera en la que nos alejamos o hablamos de los demás. Costará mucho evitarlo porque pueden ser respuestas inconscientes, pero podemos tratar de no recurrir a ellos.

La tolerancia y la empatía siempre son buenos aliados. Y las ganas de llenar nuestra vida de buenos recuerdos es la mejor manera de usar el crayón para colorear nuestras experiencias.

Procura que el crayón está en la mano porque de seguro en la cabeza estorba.

El secreto de esos miembros de AIESEC

Los miembros de AIESEC tienen una capacidad impresionante para alentar a sus compañeros. No se trata sólo de amistad ni compañía. Tampoco del hecho de que con el tiempo se sientan como en familia. Es simplemente una habilidad para reconocer el trabajo de los demás y darles ánimo.

Un miembro de AIESEC es capaz de ver al otro y decir: ¡qué bueno eres en esto! Y lo dice con tanta sinceridad que cualquiera podría subir su autoestima en unos minutos. Siempre tienen una sonrisa que te invita a sonreír. Siempre tienen una energía que es realmente contagiosa.

Porque algo tienen esos miembros que no te mienten ni te engañan para que sigas ahí. De verdad creen en ti.

¿Qué tienen esos miembros?

Quiero saber cómo lo hacen, cómo ven tus capacidades. Un miembro de AIESEC nunca te dice que no puedes, y si de verdad no puedes, te ayuda a lograrlo. Hay una disposición para hacerte sentir bien, seguro, positivo y con las ganas de darlo todo siempre.

Son apoyo, fuerza y voluntad.

Los miembros de AIESEC te dan la mano, te ven con orgullo, te ayudan en todo. No sólo te valoran sino que a través de tus ojos sientes que ven en ti más potencial del que tú puedes imaginar -o tener.

No hay celos, no hay envidia.

Ahí para tí

Es normal que tu papá, mamá, hermano, hermana, primo, amigo, compañero… te motive y confíe en ti, pero muchas veces llegas a esta organización y no puedes entender cómo es posible que tantas personas te vean con tanto cariño. Extraños que se alegran y celebran tus logros. Miembros que dicen “no pasa nada” cuando tú crees que fallaste. Simplemente entiendes que te dan otra oportunidad y te hacen apropiarte de ella.

Con el tiempo dejan de ser extraños y tú dejas de tratar de entender por qué ponen su confianza en ti. Te acostumbras y te vuelves parte de ellos. Empiezas a ver a las personas a través de su mirada y sentir que por sus venas corre una fuerza imaginaria. Descubres la grandeza que hay dentro de ellos y esa capacidad de romper barreras. Sientes que si ellos alcanzan cimas tú serás parte de esa experiencia. Aplaudes triunfos ajenos y sonríes. Le das la bienvenida al éxito de los demás.

Realmente no sé cómo lo hacen esos miembros, pero siempre quiero ser parte de ellos.

Esperanza antes del fin de una época

Ernesto Sábato –físico, filósofo y escritor argentino– publicó en 1998 un libro de ensayos llamado Antes del fin. Es una recopilación de memorias tristes que terminan dándonos esperanza. ¿A quiénes?  A los jóvenes de esta época. Nos escribió hace años y no lo sabíamos.

Uno de sus escritos parece ir más allá del momento en que los escribió. Parece estar dedicado a nosotros. Miembros de AIESEC que apuestan por el cambio. También a los jóvenes que quieren pero aún no se animan a dar un paso lejos de su zona de seguridad.

Búsqueda de esperanza

De 1998 a 2016, estas palabras permanecen latentes y nos impulsan a seguir con lo que hacemos. O, en tal caso, animarnos a dejar atrás los miedos y movernos por el mundo –porque nos necesita. De Sábato para nosotros:

“Tengo fe en ustedes. Les he escrito hechos muy duros, durante largo tiempo no sabía si volverles a hablar de lo que está pasando en el mundo, el peligro en que nos encontramos todos los hombres, ricos y pobres.

Esto es lo que ellos no saben, los hombres del poder. No saben que sus hijos también están en esta pobre situación.

No podemos hundirnos en la depresión, porque es de alguna manera un lujo que no pueden darse los padres de los chiquitos que se mueren de hambre. Y no es posible que nos encerremos cada vez con más seguridades en nuestros hogares.

Tenemos que abrirnos al mundo

No considerar que el desastre está afuera, sino que arde como una fogata en el propio comedor de nuestras casas. Es la vida y nuestra tierra las que están en peligro.

Les escribo un verso de Hölderlin:

El fuego mismo de los dioses día y noche nos empuja a seguir adelante. ¡Ven! Miremos los espacios abiertos, busquemos lo que nos pertenece, por lejano que esté.

Sí, muchachos, la vida del mundo hay que tomarla como la tarea propia y salir a defenderla. Es nuestra misión.

No cabe pensar que los gobiernos se van a ocupar. Los gobiernos han olvidado, casi podría decirse que en el mundo entero, que su fin es promover el bien común.

La solidaridad adquiere entonces un lugar decisivo en este mundo acéfalo que excluye a los diferentes. Cuando nos hagamos responsables del dolor del otro, nuestro compromiso nos dará un sentido que nos colocará por encima de la fatalidad de la historia.

Pero antes habremos de aceptar que hemos fracasado.”

El mundo nos pide empatía. El mundo nos pide abrir las alas y hacer lo que es necesario, defender la vida. Y mantener siempre viva la esperanza.


Me pareció que esta reflexión era oportuna, sobre todo porque nos damos cuenta de que la motivación está en todas partes. Debemos fijarnos más en las pequeñas pistas que el Universo parece darnos a los que tenemos como meta crear un cambio positivo.

Leamos entre líneas y observemos todo lo que nos rodea. Las respuestas están ahí, al alcance de nuestras manos. La esperanza también forma parte de las respuestas.

Cinco consejos para tener emociones más inteligentes

Algo que hay que entender es que todos podemos desarrollar  inteligencia emocional. Hay personas que nacen con esa capacidad de saber reaccionar ante cada situación de la vida, pero otras no. Al igual que aprender a sumar, tocar un instrumento o saber leer y escribir; es un ejercicio constante. Las emociones también requieren de atención y mantenimiento.

1. Conócete y repasa tu vida

Es importante saber qué nos aterra, a qué le tenemos miedo y qué nos produce felicidad.  Saber en qué momento nos hemos enfrentado a esos miedos y cómo hemos reaccionado. Evaluar la actitud que tuvimos ante cada situación y reconocer qué podríamos cambiar y/o mejorar.

2. Imagina respuestas

No es bueno andar por la vida pensando que nos van a ocurrir cosas malas y que siempre estaremos llenos de problema, pero es necesario plantear posibles soluciones.

“¿Qué haría yo si…?” “Si esto pasara, ¿cuál sería la mejor opción?”

Plantea escenarios, hazte preguntas y trata de conseguir respuestas asertivas para cada momento. Es un ejercicio mental que te puede ayudar en la práctica.

3. Observa y presta atención

Presta atención tanto al entorno, para prevenir situaciones de riesgo, como a las personas. Observa cómo se comportan las personas. Fíjate en la manera como tus amigos, familiares o conocidos enfrentan los obstáculos y pregúntate si es lo que tú harías o de qué manera te puede ayudar esa actitud.

Recuerda que las habilidades blandas también nos ayudan a desarrollar nuestra inteligencia y a fortalecer nuestras emociones.

4. Descubre qué sientes

¿Estás triste? ¿Estás feliz? ¿Te sientes confundido? Saber con exactitud cuáles son tus sentimientos -y emociones- en un momento determinado te puede ayudar a superarlos mejor.

5. Anímate a sonreír

No importa cuál sea la situación –no pido que andes como insensible– trata de encontrar algo positivo en tu día que te anime. Descubre nuevas cosas que te interesen. Y  que te ayuden a superar cualquier situación de tensión.

Empieza a ver el mundo con otra cara. No somos los únicos que pasamos por situaciones tristes, pero podemos ser de los pocos que sean de inspiración para que el día nos sonría así no salga el sol.

La inteligencia emocional en nuestras vidas

¿Huir o luchar? ¿Gritar o callar? ¿Llorar o reír? ¿Controlar la situación o ser controlado por ella?  Cuando un problema –o cualquier situación llena de estrés– llega, no hay tiempo para pensar. El cuerpo te pide actuar aunque hay una parte de ti que te obliga a detenerte y razonar. Siempre reaccionas e inconscientemente eliges. Pero hay veces que nuestras decisiones sí son conscientes y que los momentos de tensión no pueden más que nosotros. Eso es inteligencia. Pero no cualquier tipo de inteligencia: inteligencia emocional.

Sumamente inteligentes

La inteligencia no se trata de sacar buenas notas en la universidad. Tampoco conocer sobre todos los temas que puedan existir en el mundo y poseer toda la información al respecto. La inteligencia va más allá y a la vez puede resultar muy sencillo definirla.

Destreza  o habilidad para adaptarse  a situaciones  nuevas o encontrar soluciones a los problemas.

Si manejamos el concepto de “encontrar soluciones a los problemas”, entenderemos por qué hay tantos tipos de inteligencia: los problemas pueden ser de todo tipo.

En el caso de conflictos emocionales que realmente no tienen que ser denominados como problemas sino como situaciones o escenas de la vida que nos generan estrés, angustia o miedo. Lidiar con ellos requiere de práctica y concentración. No es tan fácil, pero es ahí donde se encuentra lo fascinante de la inteligencia emocional.

Inteligencia en las amígdalas

Muchas personas ignoran que poseen dos amígdalas ubicadas en el tronco cerebral y que ellas son las encargadas de hacernos “perder la cabeza y desatar un torbellino de emociones” puesto que, en las amígdalas yace nuestra memoria emocional y se encuentra el instinto que surge en un momento de presión.

Todos poseemos esas amígdalas, por eso es normal sentir pánico, miedo o terror.

Lo que puede hacernos diferentes a alguien más es la capacidad para no ser dominado por la situación y tratar de pensar. Pensar, no tanto en lo que vas a hacer sino en lo que no deberías hacer. O, por lo menos, tratar de no tener una reacción violenta que pueda terminar en terribles consecuencias.

El control

Ese “control” no es predecir cada situación, no llorar o andar sin emociones por la vida. No es un control total, es un intento de dominio que podemos ejercer para no derrumbarnos cuando un problema llegue. Es poder tranquilizarnos a nosotros mismo o saber ayudar a los demás.

Cuesta entender cómo una persona podría no gritar en la calle si ve que alguien ha tenido un final trágico. O no deprimirse si se muere un ser querido. Es normal llorar, es normal asustarse, pero no hay que dejar la vida de lado.

Todavía nos queda mucho por hacer y enfrentarnos al presente. Mantenernos preparados para el futuro. Evaluar la situación puede ser cosa de horas o minutos –la adrenalina también ayuda.

Inteligencia es saber que siempre hay solución y por más que la caída duela, siempre podremos levantarnos otra vez.


Próximamente: Consejos para desarrollar nuestra inteligencia emocional